2.09.2008

Lo que Gabriel encontró bajo la almohada

Era un cuaderno rosado y grueso que estaba escondido bajo la almohada. No lo sintió durante toda la noche, pero ahora, cuando esperaba que Margarita O. regresara con el pan para el desayuno, el objeto le había incomodado en la nuca. Así fue como lo descubrió.
Gabriel dudó, pero finalmente decidió abrirlo. Había dado con el famoso diario de vida de Margarita O. y creía que echarle un vistazo rápido no tendría nada de malo. - Si fuera tan secreto no lo dejaría tan a la vista- se dijo cuando el cuaderno ya le mostraba la página del 12 de octubre.
"Falso, cínico y traicionero", fueron las palabras que acaparon su atención.

"Tiene a otra. Él cree que no lo sé, pero se equivoca. Lo sé desde siempre, porque nunca he dejado de amarlo y él no sabe que las malas noticias vuelan. Ya nunca más seré la margarita de su maceta colorida, ya nunca más existirá este amor de sinfonías fantásticas e irreales.
Dijo que quería estar solo, que no quería quererme más de lo que me quería. Se bajó del tren y me dio un beso en la mejilla. Así selló su sentencia y prometió que me olvidaría. Lo hizo. El maldito cínico y traicionero tiró por la borda todo el amor y luego se fue a revolcar con otra. Otra. Quizás siempre estuvo, quizás ella era la oficial y yo la estúpida que le creía una mentira.
Pero lo sé. Le dedica mil besos que antes eran míos, y la visita después de clases. La abraza e intenta quererla. Quererla como alguna vez me amó a mí. Como quiso dejar de quererme...
No sé qué esperar, ni qué debo hacer. La persona que juró que jamás me haría daño terminó por destruirme el corazón y bailar sobre sus pedazos. Me apuñaló por la espalda. Me enterró viva...
Ya no sé qué creer"
Las lágrimas de Gabriel borraban las palabras que Margarita O. escribió con tanto dolor, aquella tarde en la que descubrió la existencia de A. Intentaba ahogar sus sollozos antes de que ella llegara.
Tenía que olvidarse de todo y hacer como que nada. El pacto de silencio en el que se comprometieron a no hablar de lo pasado tenía que seguir. No podía darle cabida a las preguntas, a que la sinceridad terminara por revelar detalles aún más horribles de esos meses de oscuros.
Guardó el diario otra vez bajo la almohada, pero era imposible dejar de llorar. Las palabras que leyó le herían como mil dagas contra su pecho. Sentía verguenza y asco de sí mismo. Él era el responsable de una gran pena que cargaba sobre los hombros de su margarita.
Entonces se abrió la puerta y ella apareció sonriente con una bolsa de pan entre sus brazos. Margarita O. y su cabello rojo, sus ojos grandes y su expresión de lesa. Gabriel corrió hacia ella y se lanzó a llorar en su pecho.
- Soy una mala persona- sollozó antes de que el llanto se robara su voz.

1.21.2008

cabritas

Margarita O. y Gabriel se juntaron en la plaza O'higgins, por la vereda que da Colón. Son las 18.54 de un caluroso lunes en Valparaíso y ninguno de los dos dice nada.
Ella se muere por preguntarle qué fue de él todo este tiempo y por qué un día decidió no quererla más. Pero calla. Tiene la mirada pegada en las ruedas de los autos que cruzan la calle y se rehúsa a levantar la vista para encarar a Gabriel.
Él también se traga palabras. Quiere decirle que es estúpido que estén ahí sin hacer nada, que mejor dejen de forzar las cosas y cada uno siga su camino sin mirar atrás. Eso quiere decir o al menos lo intenta. Gabriel jamás está seguro de nada. La incertidumbre lo acompaña siempre.
Pasan los minutos y después del "hola, cómo estás"no vino nada. Tampoco se miran, pero se tocan la mano. La derecha de ella, la izquierda de él. Se rozan tanto que sin darse cuenta las unen. Y sonríen.
Gabriel quiere decirle que la echa de menos; ella que todavía lo quiere. Pero callan. El par de tontos jura que la mano lo dice todo.

1.11.2008

100 mg.

- ¿Cómo te has sentido? - preguntó el doctor M, revisando la ficha médica llena de anotaciones en rojo - Te perdiste casi un mes y medio. ¿Qué ha pasado? -
Margarita O. lo miró fijamente y en un segundo toda su vida pasó frente a sus ojos. Llevaba varios días pensando en lo que tenía que decirle, pero no pudo. Sin saber por qué rompió en llanto. Sintió tanta pena.
Con la expresión de siempre, el doctor M. le acercó la caja de pañuelos desechables y luego silenció la sinfonía de Bach que ambientaba la consulta. -¿Quieres hablar sobre tu pena ?- preguntó igual que otras veces y empezó a escribir un nuevo capítulo en la historia de la tristeza de Margarita O.
Entre sollozos y suspiros, ella le contó que estaba más sola que nunca y que últimamente dormía más de catorce horas al día. - No tengo ganas de levantarme nunca más - dijo y lloró con fuerza para reforzar sus palabras. A ratos, le parecía que la escena frente al psiquiatra era tan cliché que rayaba en lo patético. Aún así seguía visitándolo cada cierto tiempo.
- Te aumentaré la dosis de quetapina y no dejes de tomarte el remedio. Estoy seguro que además has vuelto a beber - sentenció el doctor M. - ¿Me equivoco? -
Margarita O. pensó en todas las botellas vacías que tiraba a la basura y el asco que sentía en las mañanas producto del vino tinto barato que la emborrachaba.
- Tomar no es la solución a tus problemas - comentó mientras ordenaba la receta.
- ¿Y estas pastillas sí? - repuso ya sin lágrimas en los ojos. - Soy una maldita drogadicta legalizada -
El doctor M. le pasó una pídola naranja y un vaso de agua. Ella la tragó enojada y dolida. Todo era patético.

1.03.2008

miedo

Se levantó con una angustia terrible oprimiéndole el pecho. La amenaza del ataque al corazón había regresado y otra vez la misma historia de terror.

Después de la ducha se metió en la cama y maldijo la hora en que dejó de tomarse su dosis diaria de alprazolam. Pensaba que en cualquier momento vendría el gran dolor y todo se iría a negro.

A veces sentía que el corazón le explotaría. Otras, en cambio, se asustaba por los débiles latidos y se desesperaba al pensar que de un momento a otro el músculo se olvidaba de latir. Margarita O. no sabía que hacer. A ratos lloraba de impotencia y rezaba pidiendo que el martirio se acabara. Pero nadie en el cielo escuchaba sus desesperados ruegos. Estaba más sola que nunca. Al menos eso creía ella.

Escondida entre sus sábanas, Margarita O. esperaba la muerte. Igual que otras veces, como en tantos momentos de su vida, el pánico la consume y hoy no tiene ni una maldita droga a mano para escaparse.

Margarita O. llora desconsolada. -¿Por qué no puedo ser normal?- se pregunta.