11.09.2007

Después

Diego vive en el Cerro Polanco, en una casa que se caerá en cualquier momento. Comparte la vida con tres compañeros que abandonaron la filosofía universitaria para aprenderla en el día a día. Dice que son como hermanos y los quiere incluso más que a los que llevan su propia sangre.
Tiene 26 años, un kiltro flacuchento que responde al nombre de "Bob Dylan" y un tatuaje en el brazo derecho con un dibujo que ni el mismo entiende. Llegó hace siete años desde Santiago y está contento de haberse escapado a vivir en los cerros porteños. Cree que no hay escenario más perfecto que ese que se da entre tanta subida y bajada.
Trabaja lavando platos en un restorán del Cerro Alegre y cuando no está con las manos perdidas en agua jabonada, camina por todos lados. La paga no es muy buena, pero le alcanza para mantenerse y permitirse ciertos vicios.
Hace unos meses terminó una relación de dos años y medio. Una mañana se levantó y sintió que la mujer que dormía a su lado era una desconocida. Le pidió un tiempo y ella se llevó el cepillo de dientes guardaba en su baño. Nunca más volvió a saber de ella. A veces se siente solo, pero está convencido que el destino le tiene preparado algo bueno. Eso quiere creer.
- Y tú, ¿quién eres? - preguntó, apagando la colilla del cigarro. Del jugo de frutas ya no quedaba nada y el reloj decía que eran más de las tres de la tarde.
Margarita O. guardó silencio. La pregunta siempre la descolocaba.