11.23.2007

Playa

Margarita O. está tendida bajo el sol. Usa un bikini negro que deja al descubierto los excesos de dulces alrededor de su cintura. En la cabeza lleva un pañuelo rojo a lunares que esconde sus pelos rebeldes.
Es un viernes caluroso. 29 grados dice el barómetro clavado en la arena y los dos incendios forestales en lo alto de la ciudad no ayudan en nada. Es una tarde de sudor y letargo. Los oficinistas que pasean por la avenida de palmeras miran con un dejo de envidia a quienes se bañan en la fría costa chilena.
La piel de Margarita O. huele a piña y coco. Está cubierta de un aceite que promete un bronceado instantáneo y duradero. Tiene los ojos cerrados y le arden las mejillas. Sabe que más tarde el ardor se extenderá por todo el cuerpo.
Margarita O. piensa que bronceada es una persona más alegre y por eso está entregada al sol. Está convencida que procesa mejor el litio en verano y por se da ánimo para seguir pegoteada en la arena.
Últimamente se ha sentido más triste que de costumbre. Extraña a Gabriel y a ella cuando estaba con él. El otro día le dieron ganas de llamarlo, pero sólo bastó recordar lo que le dijo al marcharse para que las ganas se esfumaran.
Ahora toma sol y a veces se le caen un par de lágrimas. Todavía lo ama, pero él ya no es el mismo y ese amor se pierde en el espacio. Margarita O. planea que el sol le evapore todo ese mal y así poder tener una noche tranquila. Lleva tres horas ahí y todavía no pasa nada.